Por un feminismo de hermanas de tierra 2021

Este año que dejamos atrás, pero que todavía arrastramos, nos ha impuesto a muchas mirar la vida a través de una ventana; a otras tantas, adaptarnos sin remedio a las medidas urbano-céntricas que se han pensado desde y para las grandes ciudades. La primavera se acerca y seguimos en una pandemia que se ha llevado demasiadas vidas que no volverán, y que ha acentuado más la crisis, la precariedad y la falta de servicios en la que vivimos. Ha tenido que venir un virus para demostrar que este sistema que no orbita alrededor de la vida y en el que nos encontramos atrapadas no es sostenible, y que solo es el comienzo y agravamiento de otras crisis y pandemias. A esta emergencia climática, en estos últimos tiempos se han unido la emergencia social y sanitaria, y no podemos comenzar este manifiesto sin traer aquí a todas las personas golpeadas por el virus y el sistema.

Quizás podamos caer en el error de pensar que las palabras no son capaces de mucho. Pero nosotras pensamos que siguen siendo importantes. A pesar de la incertidumbre y del dolor, nuestras palabras son también ecosistemas de pensamientos y acciones que no existen en otros lugares. Gracias a ellas podemos ver el mundo, formar parte de él, reimaginar y hacer posible pensar y creer en otros futuros fuera de este sistema. 

Hermana, 

este 2021 no saldremos a la calle como otros años. Estaremos separadas por una distancia que nos ha robado los besos, los abrazos que llevamos un año sin sentir, y esas sonrisas que han ocultado las mascarillas. Por eso, en este año en el que las plazas estarán más vacías que nunca, os invitamos a leer estas palabras, a hacerlas vuestras, desde los balcones, desde los hogares, y dejar que el humo de las chimeneas se encargue de juntar nuestras voces, que el viento las haga llegar bien lejos.

Este 8 de marzo no podemos dejar de alzar nuestra voz como mujeres rurales. Porque la pandemia también ha traído minutos de lucidez; minutos en los que hemos visto como la propia ciudadanía se organizaba y se encargaba de aquello a lo que las políticas públicas no han querido llegar, porque no han estado a la altura ni han sido suficientes. Por eso queremos daros las gracias: por enseñarnos que otras formas de convivir y de apoyo mutuo son posibles. 

Gracias a esas mujeres productoras y pensadoras, que desde abajo se han organizado para que sus alimentos locales y de proximidad pudieran llegar hasta todas las casas. Nos acordamos especialmente de iniciativas como SOS Campesinado, y de todas las jornaleras migrantes que el año pasado se quedaron atrapadas dentro de nuestras fronteras, en un país que no era el suyo, lejos de sus familias y en unas condiciones muy lejos de poder denominarse dignas. También de todas aquellas personas trabajadoras en el sector agrícola y ganadero que se contagiaron de covid-19 durante la primavera y el verano pasados debido a las condiciones infrahumanas en las que trabajaban y vivían, poniendo de manifiesto un sistema de producción intensivo que se sostiene a base de no respetar los derechos humanos más básicos, ni el bienestar animal, ni los recursos naturales ni el territorio que nos sostienen. 

Gracias a todas esas mujeres que no dejan ni un solo día de cuidar de su ganado, de la tierra, de preservar nuestras razas autóctonas y semillas locales,  manteniendo nuestros ecosistemas y su biodiversidad. Ni el virus ni las grandes nevadas de este invierno han conseguido pararlas. Porque, si nuestros medios rurales no son zonas catastróficas, es gracias a su perseverancia y su trabajo altruista, que la mayoría de las veces sigue siendo invisible y no reconocido. 

Este año nos hemos quedado más huérfanas que nunca por culpa de este virus. Hemos perdido a muchas personas a las que queríamos: que formaban parte de nuestra familia, de nuestras amistades, cómplices en el día a día… Y, sobre todo, hemos perdido esa gran sabiduría que se esconde tras los ojos y las manos de tantas mujeres rurales de edad avanzada. Un conocimiento de la tierra, del medio que nos rodea, heredado de las abuelas de las abuelas de sus abuelas, que ahora custodiarán las flores y las piedras, y que con ellas se ha marchado para siempre.

También se han ido con ellas muchas palabras que ya nunca volverán. Algunas, con suerte, habrán quedado recogidas en las hojas de algún diccionario local, esperando a que alguien las desempolve. Porque no podemos olvidarnos tampoco de la riqueza lingüística que han custodiado las mujeres rurales, dando nombre a todos los elementos que nos rodean, y gracias a las cuales hoy tenemos la suerte de poder seguir escuchando una gran variedad de lenguas y acentos que hacen únicos y diversos nuestros medios rurales. Detrás de la lengua y de la palabra hay formas de vida y vínculos maravillosos y únicos. 

Tampoco nos olvidamos de todas las mujeres que se ven discriminadas por su diversidad y de nuestras hermanas trans. No podemos olvidarnos de esas mujeres que hablan y ven con sus manos, ni de las mujeres que caminan a otros ritmos. De las mujeres rurales con sufrimientos y malestares emocionales, de aquellas con capacidades distintas. Llamadas locas, llamadas raras, llamadas discapacitadas. Señaladas por ser diferentes. Doblemente olvidadas y doblemente afectadas por la pandemia. 

Todas somos diferentes, 

y todas, 

juntas, 

con nuestras diversidades, custodiamos nuestros medios rurales. Los llenamos de vida y nos enredamos para seguir hacia delante, olvidándonos de esas palabras que empiezan por “des-” y que tanto gustan a los medios de comunicación. 

Decíamos que la pandemia nos ha robado los abrazos, pero hemos tejido más redes que nunca para suplir esa falta de servicios que han sido agravados por la pandemia. Organizándonos para llevar alimentos a quienes no podían salir de sus casas, visitando a quienes no podían ver a sus familiares por estar lejos, y dedicando más tiempo que nunca a cuidar de quienes tenemos cerca.

En estos tiempos difíciles, muchas mujeres han tenido que combinar los trabajos en el campo, otras el teletrabajo, otras han seguido al pie del cañón en los centros de salud; con ser maestras, cuidadoras, enfermeras… Teniendo que estar disponibles para los demás todo el tiempo. 

Hemos oído de forma constante que tenemos mucha suerte de vivir en un pueblo, porque tenemos contacto directo con la naturaleza. Pero lo que nadie ve es que aquí los servicios básicos se han visto disminuidos por partida doble; unos servicios que ya eran escasos y que en muchos casos han desaparecido. Con el virus como excusa se han cerrado centros de día y comedores, y se ha reducido el horario de muchas guarderías y otros espacios dedicados a los cuidados. Además, muchas familias han tenido que sacar de las residencias a sus mayores por miedo a que se contagiaran, encontrándose muchas mujeres sin otra alternativa que tener que arreglárselas para poder conciliar sus trabajos con el cuidado de sus familiares dependientes.

Nos acordamos también de todas las compañeras que han sufrido ERTES, o que han tenido que cerrar sus negocios por la crisis derivada de la pandemia. Hemos visto cómo, durante mucho tiempo, desde las administraciones se ha impulsado en las zonas rurales el turismo como (casi) única fuente de ingresos. Este año la pandemia ha hecho que muchas familias en el rural dedicadas al turismo lo estén pasando realmente mal y no tengan otras opciones. 

La pandemia ha agudizado, más que nunca, la brecha digital. En un año en el que el teletrabajo ha emergido en nuestro país, nos hemos encontrado con que mientras en las grandes ciudades está llegando ya el 5G, en muchos de nuestros pueblos no hay ni siquiera banda ancha. Hemos incorporado la palabra «teletrabajo» a nuestra rutina, y para muchos medios y administraciones se ha convertido en panacea y salvación de nuestros medios rurales. Nosotras hoy queremos reivindicar el tierratrabajo. Queremos seguir luchando por tener acceso a la tierra y a una vivienda digna en el medio rural. Queremos que se ayude y se faciliten las producciones agroecológicas y extensivas que están ligadas al territorio, produciendo alimentos de alto valor ambiental, creando un vínculo único entre persona, animal, semilla y tierra. Queremos dignidad y derechos para las personas migrantes que trabajan en nuestros campos. Queremos los servicios públicos de calidad que nos merecemos. 

Pronto volverá la primavera.

Nuestros campos ya lucen un color verde que nos hace pensar en otro mañana. No importa lo que venga, porque seguiremos unidas plantando cara a las adversidades. Porque ni siquiera este virus ha conseguido vaciar nuestro territorio. Seguimos juntas frente a la pandemia. Seguimos uniendo nuestros pueblos tejiendo redes y vínculos, con nuestras manos teñidas por el color del terruño. Y nos quedamos aquí en la tierra y conjugamos el verbo «aterreñar», una palabra del norte que nos devuelve la esperanza y la luz. Significa ver y pisar la tierra de nuevo después de la nieve, no solo nosotros, sino también los animales, que vuelven tras las grandes nevadas a alimentarse del pasto. Sabemos que pronto podremos mancharnos las manos de tierra,  todas juntas; mirarnos, y sonreír. 

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas de tierra.

*La ilustración es de Eva Piay. Podéis descargarla aquí.

**(Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco María Sánchez. Gracias a los consejos y aportaciones de Celsa Peitado, Ana Pinto, Blanca Casares, Patricia Dopazo, Mentxu Ramilo, Karina Rocha, Elisa Oteros y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

Este manifiesto está también disponible en los siguientes idiomas:

en aragonés

en aranés

en asturianu

en catalán

en cántabru

en euskera

en estremeñu

en galego

en portugués

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